Internet está causando la homogeneización en masa de la identidad humana, haciendo que todos parezcamos iguales.
Utilizamos las mismas herramientas y redes sociales, adaptadas a las mismas plantillas, diseñados por las empresas para maximizar las páginas vistas y beneficios (con excepciones notables como Craigslist).
La mayoría de las experiencias online se asemejan a la comida rápida. Están diseñadas para ser baratas, fáciles, adictivas; apelando a nuestro hambre por estar conectados en vez de nutrirnos. Experiencias de comida basura se distribuyen por empresas de social media, y nos lo tragamos con entusiasmo, como niños con chucherías cubiertas de anuncios.
Estas experiencias no están creadas para la sensibilidad humana personal o colectiva. Están solo para alimentar el número de páginas vistas y el crecimiento (en el sentido corporativo, no personal).
En este contexto es adecuado que llamen a sus clientes “usuarios”.
A medida que rellenamos los mismos formularios, respondemos a las mismas preguntas y nos expresamos de la misma forma genérica, podemos pensar que la convergencia de la identidad es algo bueno que nos lleva a una especie de unidad global y empatía masiva. Pero la verdadera empatía no viene de obligar a la gente a que sea igual, viene cuando ayudas a la gente a apreciar sus diferencias.
Nuestras herramientas online hacen un gran trabajo en el sentido amplio (cientos de amigos, miles de tweets), pero hacen un mal trabajo a la hora de profundizar. Vivimos vidas más superficiales que reducen nuestras relaciones personales a caricaturas y nuestra personalidad en un cartel publicitario, mientras avanzamos a 1.000 kilómetros por hora.
Cambiamos la autoreflexión por estar súper ocupados, atiborrándonos y ahogándonos con ello, sin reconocer la violencia de estar tan ocupados, que perpetuamos peligrosamente contra nosotros.
Durante los últimos 100 años -desde nuestras cartas, teléfonos, faxes, hasta llegar a emails, chats, sms o tweets- la comunicación se ha hecho más corta y rápida, pero estamos llegando a la velocidad límite.
Dudo que haya una forma más corta de comunicarse que un tweet, a no ser que empecemos a hablar a través de gruñidos monosilábicos o comunicarnos silenciosamente de cerebro a cerebro. Los breves gestos de comunicación pueden ser bellos pero también superficiales.
¿Qué pasará entonces? ¿Dejaremos Twitter y pasaremos a la otra dirección buscando nuestras ansias de profundizar más? Yo apostaría por lo último. Pero aunque busquemos más profundidad no podemos escaparnos a una época más primitiva.
El ímpetu del crecimiento tecnológico es demasiado fuerte para impedir que defina nuestro futuro. Te guste o no, el futuro será en gran parte digital.
En vez de escaparnos al bosque, debemos buscar la humanidad en la máquina y aprender a amarlo. Si decidimos que la humanidad no ha llegado allí todavía de la forma que esperamos, debemos crearla.
Artículo publicado originalmente en el blog de Johnathan Harris (en inglés)
Vía | Yorokobu








